Copiar, compartir, piratear… y la evolución de la especie

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Guía básica para diferenciar entre "compartir", "robar" y "piratear". Pincha en la imagen para verla más grande.

Mientras veíamos por televisión cómo la Guardia Civil registraba la SGAE marcando un antes y un después en la polémica de los derechos de autor, el bochornoso canon y la piratería en España, mi abuela y yo hablábamos de la necesidad de proteger los derechos de los autores pero sin caer en el absurdo de enriquecerles a costa de los consumidores.

Mi abuela le tiene ojeriza a la SGAE, como la mayor parte de los españoles. No entiende por qué se le debe pagar un dinero a los cantantes cada vez que mi tía se compra un CD en el que archivar las fotos de campo que luego utilizará en las clases de geología que imparte en la UCM, por ejemplo. Pero es innegable que cuando mi abuela nació y durante la mayor parte de su vida la barrera de los derechos de autor ha sido bastante más sencilla de establecer: las copias las hacía un editor o productor, una gente del mercado que era quien invertía en la tecnología para realizar las copias y quien ganaba cantidades ingentes de dinero distribuyéndolas, por lo que debía compartir ese beneficio con el creador del contenido. Totalmente justo, se mire por donde se mire.

Como ya sabemos, el problema viene con la tecnología de la que disponemos ahora. Por un lado, los productores la adoran porque reduce considerablemente los costes de producción, pero por otro no soportan que esa misma reducción de costes permita el acceso de cualquier persona a la producción de copias. En algunos casos esta contradicción se vuelve totalmente incoherente, como en el caso de SONY: productor de contenidos a la vez que fabricante de copiadoras de CD/DVD para uso doméstico, espera sacar beneficios por ambas partes ejemplificado en la misma empresa la problemática de la industria: quieren vendernos copiadoras de CD y a la vez prohibirnos su uso, porque les cuesta ingresos por otro sitio.

Volviendo a la discusión con mi abuela, ambos estábamos de acuerdo en la necesidad de proteger a los creadores de contenido, pero mi abuela, como es lógico, entendía que cada copia que hacemos sí es, en cierto punto, un ataque a esos derechos de autor. Yo no estoy del todo de acuerdo, ya que no siempre que se comparte un archivo existe ese ánimo de lucro que para mí marca la violación de derechos de autor, y pude explicarle mi punto de visita de una forma que me parece bastante sencilla:

Si tú te compras un libro en papel puedes leértelo en casa, después dejárselo a un amigo y que ese amigo se lo deje a otro amigo, que después te devuelvan el libro y entonces tú se lo dejes a otra persona. Los editores y autores nunca se han quejado de esto, pese a que han vendido un sólo ejemplar que han disfrutado varias personas. El ejemplo es el mismo con las películas en VHS o la música en discos de vinilo. Prestar, se mire por donde se mire, es legal y bueno para los autores, porque difunden su obra y ganan en reconocimiento popular, en posibles futuros compradores de libros, asistentes a conciertos o público en las salas de cine.

El cambio es que ahora, gracias a la tecnología, compartir es mucho más sencillo. Si yo me descargo de Internet una película legalmente ¿por qué no se la puedo dejar a mis amigos? El hecho de que esté en un formato digital y que eso me permita compartirla con 100 amigos a la vez no cambia el hecho de que yo he pagado por ella y deba tener todo el derecho de prestarsela a mis amigos. La tecnología nos permite que, en vez de juntarnos los cien en casa o dejársela a los 100 uno por uno, podamos verla cada uno en nuestra casa.

En ninguno de los casos hay ánimo de lucro por ninguna de las partes, simplemente somos amigos compartiendo una película, un libro o una canción. La tecnología, por tanto, nos permite hacer cosas que antes no estaban a nuestro alcance, o en este caso hacer lo mismo que llevamos haciendo toda la vida pero de una forma más cómoda y eficiente. ¿Vamos a descartar un avance tecnológico de inmensas utilidades por que a unos pocos les hace ganar menos dinero?

La respuesta es no. Lo que debemos hacer es aprovechar al máximo lo que tenemos, aplicarlo a todos los campos. Educación, relaciones personales, relaciones entre empresas, comunicación… nos podemos beneficiar de la tecnología en muchos campos, y uno de ellos es precisamente el de democratizar la cultura y ponerla al alcance de todos. Pero la industria de la cultura se niega, porque sus agentes más poderosos, los productores y editores, ven que su negocio cambia radicalmente y en vez de buscar formas de adaptarse a lo que la tecnología nos permite y los consumidores demandan prefieren anclarse en la situación actual, donde sus beneficios alcanzan sumas grotescas en comparación con lo que ganan los propios creadores.

¿Qué supone esa adaptación? Nuevos modelos de negocio, como Spotify, Netflix o Kiosko y Más. Formas fáciles de acceder a los contenidos desde el ordenador, con precios ajustados al coste de producción (algunos se empeñan en querer ganar lo mismo vendiendo un disco en formato físico que en formato digital -como si no se ahorrasen el propio CD, la caja, el papel, la impresión, la distribución, etc.) y con sistemas de pago ágiles, adaptados a la velocidad que demanda el consumidor.

De hecho, la mayor parte de los casos de adaptación están surgiendo entre los propios creadores, que encuentran en Internet una ventana para distribuir su obra de forma más cercana a los consumidores, a un precio más asequible y sin tener que plegarse a las condiciones del intermediario. Escritores que se hacen famosos sin firmar un contrato con una gran editorial, bandas de música que arrasan sin cruzar una sola palabra con un productor, películas que la productoras descartan pero que el público convierte en éxitos en la red…. ese es el escenario que la industria de la cultura teme, la pérdida de control y de beneficio, y por eso se empeña en convencer a los creadores de que todo lo digital es malo para ellos, cuando no es verdad.

El ejemplo está muy gastado, pero parece que siguen sin entenderlo. Pensemos en que cuando Gütemberg inventó la imprenta se acabó el trabajo para los copistas, gente que dedicaba su vida a copiar documentos a mano. Al fin y al cabo hacían lo mismo que hoy los productores: coger el original y multiplicarlo para distribuirlo, mejorando la edición con caligrafía cuidada o dibujos. Pero en cambio, a día de hoy la imprenta se estudia en los colegios como un avance tecnológico que permitió extender la cultura, haciendo crecer el número de personas con acceso a conocimientos complejos que antes quedaban encerrados en unas pocas bibliotecas en todo el mundo de las que sólo podían disfrutar un pequeño número de personas.

La imprenta nos permitió, como especie, evolucionar hacia un nivel superior. Internet, el P2P, el streaming y cualquier alternativa similar son exactamente lo mismo que la imprenta: métodos de distribución de contenidos más eficientes que permiten democratizar el acceso a la cultura, expandir el conocimiento conjunto de la humanidad que sirve de base para nuevos desarrollos e investigaciones.

Sencillamente no podemos consentir que el negocio de unos pocos se ponga por delante de la evolución de la humanidad. Lo que las sociedades de derechos de autor y los productores están haciendo para proteger su beneficio va a lastrar el desarrollo de nuevas tecnologías y el uso de las ya existentes, retrasando así el avance del conocimiento colectivo. Debemos evitarlo a toda costa, o nos arrepentiremos.

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